Ed. Alrevés  
  SIGUE LA MALA VIDA  
  Carlos Quílez  
  ¿De qué hablamos cuando hablamos de novela negra? De muchas y retorcidas cosas, de situaciones turbias, de atmósferas amargas, de un costumbrismo específicamente universal y siempre demoledor que describa de manera más o menos abrupta lo peor de nuestra desigualdad social mediante cierta perspicacia narrativa enfocada en los desmanes morales y las injusticias que resquebrajan las buenas intenciones, y también, y principalmente, y sobre todo, hablamos de un personaje.

Los santos sacrílegos que fundaron con gran capacidad de embeleso el género negro popular (Agatha Christie y George Simenon), y los pioneros clasicistas al tiempo que clásicos que sentaron así, con adictiva personalidad literaria y prosa cegadora que provoca convulsiones en el alma, la base moderna de este género (Chandler y Hammet) nos hicieron saber que, las más de las veces, el personaje es un detective: alguien con ingenio, con brújula moral, con conocimiento de los vericuetos grises, negros y negrísimos del alma humana, con un sensato sentido de la justicia y con alergia a la impunidad.

Sin embargo el detective como personaje paradigmático hoy día tiene aún el regusto de lo clásico, pero ha perdido vigencia (su misión social y narrativa de combate justiciero actualmente ya no lo ocupa ni los detectives ni casi los agentes de la ley)…

El detective de nuestros días es el periodista de investigación: ése es hoy el que, con sentido de justicia y capacidad para hacer frente a los desmanes morales y legales, sale, hurga, investiga, huronea, se arriesga, se infiltra, negocia contactos y consigue soplos, persigue pistas e informaciones contrastadas para llevar a cabo un trabajo que puede hacer frente, en alguna medida, al crimen y la corrupción y la degradación social al apostar por la justicia y la verdad al hacer qu lo turbio salga a la luz y se sepa...

Y eso lleva haciendo toda su mala vida el periodista y narrador Carlos Quílez (Barcelona, 1966), una suerte de Truman Capote político de nuestros días, cuyo quehacer literario caracterizado por su asomo crudo y minimalista al mundo de la delincuencia y sus motivaciones, minimiza los lindes entre el periodismo y la literatura.

En esta ocasión en su libro SIGUE LA MALA VIDA (Ed. Alrevés, 2016) nos ofrece una novela de novelas, por decirlo atendiendo al paradigma cervantino: un libro unitario de narrativa discontinua con un prólogo que oscila entre lo confesional, lo sentimental y lo moral, y con once historias criminales reales dentro (no criminalidad de guante blanco, poder, y maldad enfundada en trajes caros sino un compendio de perdedores entre los que se cuentan policías, atracadores, jueces corruptos hasta límites impresionantes, violadores, suicidas, atracabancos con un punto de ternura y demás familia del lumpen barcelonés) más el contrapunto sin disonancia de dos piezas cortas de ficción que, bien mirado, apenas se distinguen en fondo, forma, verismo y capacidad de impacto moral con las otras historias reales pues, como dice Woody Allen, la realidad no imita al arte sino que imita a veces a los periódicos y a veces a la mala televisión.

Este libro, Sigue la mala vida, (secuela de la recopilación de contundentes e inquietantes historias de no ficción titulada LA MALA VIDA, 2009, Ed. Alreves, Premio Rodolfo Walsh), aunque parece un libro de relatos con tensión dramática propia, es a mi juicio un todo; un corpus narrativo equiparador de una faceta del narrador y una faceta del periodista de investigación, las cuales, de un singular modo, pone al mismo nivel –con el unitario marco de fondo de la Barcelona menos presentable; una Barcelona muy pegada a la realidad sin que ésta tenga nada de publirreportaje, sino más bien al contrario-: así en estas páginas, mediante una voz narrativa sutilmente implicada, una que no se conforma con ser notarial, se humaniza a Jesús Contreras el atracador del chándal, o a un atracador de bancos con cuchillo, o a otros miembros de la cara B de la sociedad como ese perro callejero llamado José Palomino o ese otro tipo con mala suerte para suicidarse o hasta a un inventor de historia disparatada para ocultar infidelidades… Y todo al tiempo que se animaliza aquí hasta a un juez psicópata llamado Luis Pascual Estevil, para, en definitiva, presentarnos en conjunto con prosa eficaz el pertinente mensaje de que a menudo la vida sangra como la carne cruda manchando de rojo la tranquilizadora realidad oficial.

La sólida investigación, la meticulosidad descriptiva, la implicación autoral catártica y el verismo son los sólidos soportes de este libro en el que la realidad inspirada en la ficción y la ficción inspirada en la realidad conviven aleccionadoramente como una bomba que hace estallar los límites exactos entre el periodismo y la narrativa.

Sin embargo, a pesar del gran mérito que tiene la labor de investigación de la intrahistoria criminal aquí presentada en mosaicos, conmueve aún más la valentía profesional y moral del autor, su brújula exacta, su arrojo para conseguir y presentar datos y anécdotas y su mirada de cirujano curtido que disecciona las ambivalencias de la realidad político-social.

En su libro ZONAS COMUNES Leila Guerrieiro, al hablar sobre cuál es la frontera entre el periodismo y la literatura, señalaba que se trata sólo de una: “no inventar”. Dando un paso más allá, y creemos que atinando más, Carlos Quílez en este libro suyo nos enseña que el buen periodista cuando narra procura decir la verdad, y cuando inventa, también procura decir la verdad si practica eso que Victoria Kamps, en otro libro ya clásico del pensamiento contemporáneo, llamó LA IMAGINACIÓN ÉTICA.

En verdad Carlos Quílez está reconocido como un periodista extraoficial, comprometido, disidente e insobornable con prosa con firma autoral especializada en la descripción de personajes y de vías de acción de la transgresión legal.

Sin embargo leer SIGUE LA MALA VIDA es darse cuenta definitivamente de que el trabajo periodístico y/o detectivesco de Carlos Quílez es un lujo ético. Su narrativa verista una dosis anti-engaño… Y cada pieza engarzada como eslabones de una cadena narrativa de este libro o itinerario de turbadores encuentros, de algún modo, es, en suma, la poética condensada de ambas facetas del autor.