CLUB LA SORBONA
Alianza Editorial, 2013
Premio Miguel Delibes 2013 a la novela del año en Castilla y León
versión inglesa versión francesa
 
 
 

"Un universo plagado de surrealismo". EL PAÍS.
Aurora Intxausti, El País.

“Divertidísima novela negra de Luis Artigue que casa lo castizo con lo culto, lo urbano con lo rural... Esta novela es una fiesta de la inventiva lingüística”.
J. Ernesto Ayala-Dip, El Correo.

“Hay que reconocer el valor de la apuesta que ha realizado Artigue, porque la hibridación de según qué géneros entraña no pocas dificultades.”
Fernando Castanedo, Babelia.

“Estamos ante uno de los títulos más sorprendentes de la literatura española de los últimos años. Tanto por su divertida trama como por su espectacular lenguaje, tanto por su humor como por su osadía narrativa. […] Una lectura realmente divertida e intrigante -sin que falte en ella la reflexión, muy en especial acerca de la creación literaria-, de muy alto contenido onírico y que presenta fidelísimos retratos y caricaturas de personajes que poseen una gran altura literaria.” Manuel de la Fuente, ABC.

“La frondosidad de la narración no estorba una lectura divertida en la que caben el retrato, la caricatura y los elementos oníricos... Novela recomendable. Sin duda.”.
Ricardo Senabre, El Cultural de El Mundo.

“Luis Artigue vuelve al ruedo literario con una de sus mejores novelas: Club La Sorbona. […] Artigue vuelve a su tierra, a su pueblo, con un lirismo muy de tacones altos, labios hinchados y miradas largas. […] Fuego húmedo, sí señor.”
Diego Medrano, El Comercio.

“Novela negra tirando a turbia, novela de risa a veces helada, novela de personajes que hacen trizas los estereotipos y encajan como un guante en el estilo sinuoso y en permanente estado de alerta de Artigue. […] Cuando un autor se divierte de forma tan evidente con lo que tiene entre manos es difícil que no logre transmitir al lector atento y sin prejuicios esa alegría por la narración festiva y el juego permanente con las palabras como depósito de hechos y deshechos.”
Tino Pertierra, La Nueva España.

“Extraordinariamente bien escrita, ingeniosa, juguetona.”
Revista Calibre 38

“Artigue ambienta en Villalobar un thriller de humor y alterne.”
Verónica Viñas, Diario de León.

“Una novela satírica y festiva muy poco ortodoxa.”
Yolanda Izard, El Norte de Castilla.

“Armado con una estética preciosista -casi aforística, en ocasiones-, y dispuesto a la parodia, Artigue se lo toma tan concienzudamente que termina haciendo trizas incluso la tan de moda autoficción. […] Un puzzle tan enrevesado como alucinante.”
Javier Menéndez Llamazares, El Diario Montañés.

“Y todo eso, el mostrar sin nombrar, lo logra Luis Artigue con el arma blanca del humor y con un lenguaje lo suficientemente embaucador como para conducirte con placidez por los meandros de esta historia disparatada; lenguaje lleno de arabescos, lianas antiguas y regüeldos castizos, con descubrimientos que te embriagan, que te marean, de esos que te llevan al río creyendo que eres mocita y te dejan a la orilla gozosa y preñada por el vértigo de la palabra...”
Miguel Rojo, El Comercio.

“Imprescindible.”
El Correo Gallego.


"En Club la Sorbona el humor no impide que te estremezcas con historias como la de la maestra doña Enriqueta"
Alberto Martínez Arias, El Ojo Crítico de RNE.


"Humor inteligente"
Diario de Ávila.

"Novela con un fraseo y un título estupendos".
Marta Rivera de la Cruz, La Linterna, Cadena Cope.

"Violincia, una ciudad prostibularia, psicológica y tan agradablemente desmesurada como el lenguaje del libro".
Marta Sanz, El Confidencial.

"Una novela negra tal y como las habría escrito Valle-Inclán".
Oviedo Diario.

"Una vez más Luis Artigue demuestra que sus libros están llamados a ser leídos en el futuro por lectores que encontrarán, entre sus páginas, respuestas"
Ramón Loureiro, La Voz de Galicia.

"Deslumbra en esta obra la riqueza de su vocabulario y la maestría en su utilización".
Empar Fernández, Propera Parada Cultura

"Novela de novedosa amenidad y portadora de un nuevo espacio, real y psicológico: Violincia" .
Nicolás Miñambres, Suplemento Cultural El Filandón.

"Extraordinariamente bien escrita, ingeniosa, juguetona"
José Luis Muñoz, Revista Calibre 38.

"Asistimos al nacimiento de un territorio literario perdurable: Violincia"
Joaquín Pérez Azaustre, Diario Abierto.

"Una novela divertida y escrita con tanto oficio como humor, con diálogos esperpénticos y chispeantes de excéntricos inolvidables"
Santos Domínguez, Encuentro con las Letras.

"Imprescindible"
Xurxo Fernández, El Correo Gallego.


“Una novela que ha sabido enlazar la intriga con la ironía, la crítica y un estilo lingüístico en verdad impresionante que hará las delicias de los lectores más exigentes.”
Antonio Parra Sanz, La Verdad de Murcia.

"De los méritos de la novela, aparte de la cuidada arquitectura narrativa, la atmósfera surrealista, el humor inteligente, próximo al del director Luis García Berlanga, y la complejidad de unos personajes bien definidos y articulados en torno a La Sorbona, destaca la exuberancia léxica".
Francisco Onieva, El Día de Córdoba.

"Luis Artigue demuestra ser dueño de un lenguaje tan dúctil y rico como poderoso".
Ana Rodríguez Fischer, Letra Internacional.

"Quien se adentre en esta lectura decididamente jubilosa, más que con una narración,habrá de encontrarse con un mundo... Una novela divertida, apasionada y, desde luego, apasionante".
Aurelio Loureiro, Revista Leer.

 
     
 

CONTRAPORTADA

Un refinado detective preguntando en cada casa de lenocinio por la valiosa flauta de pico de Mozart.
Un catedrático reponiéndose de un derrumbe nervioso en la consulta psicológica de “la tarapeuta”.
Un santo curandero. Las jornaleras del deseo. La hermosa historia de una maestra de escuela republicana que, durante la Guerra Civil, salvó su vida impostando un acento extranjero, fingiendo ser traductora y escribiendo novelas que pasaron por obras clásicas vertidas al castellano desde idiomas que ella no conocía…
Mr. Tatel, investigador cultural a sueldo de la sala de subastas Christie´s, ha de recuperar la flauta que a Mozart le fue regalada durante su investidura como maestro masón. A tal efecto recala en Violincia, una pintoresca población conocida por contar con no pocos burdeles con encanto.
El refinado sabueso, utilizando su habilidad deductiva en un lugar en el que la lógica estándar no sirve, llevará a cabo una investigación delirante. Y repleta de suspense. ¿Y efectiva?

 
     
 

INICIO DEL LIBRO

Antes del robo dicen que se contó sonriendo los dedos de su propia mano diestra. Ya declinando 1791, en la última y más umbría vivienda de Wolfgang Amadeus Mozart sita en el 970 de la calle Rauhensteingasse, Viena, a pesar de que nada se podía hacer, el viejo Dielinzt acudió en ayuda del genio musical agonizante. Accedió al edificio. Primera planta. La puerta principal semiabierta. Se adentró a solas en el vestíbulo que también servía de cocina y, puesto que no existía un gran pasillo o corredor desde el que poder adentrarse en cualquier estancia sino que las habitaciones estaban unidas una a continuación de la otra de tal manera que, para ir a la última, se habían de atravesar todas las demás, el tabernero Dielinzt no dejó de husmear en cada una antes de llegar por fin: el genio malreposaba en un dormitorio- sala de billar. ¡Extraño lugar, sin duda! Al parecer, además de ser empleada para albergar la desubicada mesa de billar, esta dependencia era también el dormitorio de Mozart y de esa esposa adicta al amor, Constanze, mujer abnegada y entregada que se casó porque en su inconfesable fuero interno sabía que el amor podía proporcionar el éxtasis que sólo surten las drogas más preciadas. La extravagante habitación de esa casa, la cual no parecía haber sido forjada ni decorada según el carácter de él sino desde el de ella, estaba amueblada con una mesa de madera, un fanal, cuatro candeleros, una estufa de hierro con salida de humos, una cama de matrimonio y una cuna (en la que lloraba con estridente vehemencia el pequeño Franz, hijo menor del matrimonio Mozart). El viejo tabernero tan poco ducho en consuelos y habilidades sociales no dijo nada a nadie. Permaneció hierático junto a la pared como quien no se atreve a sumergirse en el caudal de lo nuevo. Llegó algún vecino y se añadió a la estampa. Una de las mujeres tomó en brazos al bebé. Él se volvió casi invisible. La habitación matrimonial carecía de ventanas pero la iluminación, sin duda escasa, se filtraba desde el estudio contiguo, al cual se accedía mediante una gran puerta de madera vidriada. Demasiado ruido. Demasiada gente. Demasiadas sombras parlantes. La dependencia estaba abarrotada y el consumido compositor rodeado por su mujer Constanze, el hijo mayor de ambos Karl Thomas, la suegra del músico, Cecilia, su cuñada Sophie y el doctor Nicolaus Closset (Closset era el médico personal de la familia, hombre pequeño y correcto de complexión escueta y las casi sádicas maneras de quien tiene que disimular el gozo cuando comunica el terror): –Poco más puedo hacer por él ahora, Constanze, está muy débil. –Dios mío, doctor, ¿no hay esperanza? –Me temo que no: ahora es más un asunto de horas que de días –aseguró el facultativo sin la esperada compasión infinita o ni siquiera un escalofrío en la voz. –¡Pero qué esta diciendo! ¡No se quede ahí parado y haga algo por mi marido, doctor, venga, haga algo! –ordenó desesperada, desbordada, impotente, la esposa cuyo llanto bien parecía lluvia en medio de una tormenta inacabable. En el rostro de ella ya enviudado por la noticia se dibujaron sus reprimidos fantasmas, sus mitos, sus anhelos, sus incertidumbres, sus miedos… En el lecho de dolor Mozart, como intentando subordinar el tan explícito sufrimiento físico a la revelación inefable, intransferible, de su introducción en la nada o el todo final, cerró los ojos aún vivos para tratar de contemplar y mirar la realidad sobrenatural escondida tras la negrura del acabamiento. Olvidó que sus virtuosos oídos oían hacia el exterior. Se concentró en extremo en la música del silencio último para permitir que aflorara en su mente el aspecto creativo de la indagación más postrera. Se sintió tentado a rehuir el desafío iluminador del más allá, pero le traicionaron las fuerzas. Dimanó de la dilatada agonía una armonía misteriosa que pacificó su rostro mientras, para los presentes en la habitación, la muerte no parecía esa taimada vieja reseca con guadaña que, de forma definitiva, venía a llevarse el alma de Mozart, sino un casi imperceptible humo negro de hulla que el músico doliente exhalaba hasta sumirse en una atonía que culminaba en la gran distensión. Olor a limones secos. Expiró. –¿Ha dicho mal repentino? ¡No, doctor, repentino no! Wolfgang fue a Praga para supervisar la representación de su nueva ópera ya muy pálido y melancólico, y desde que volvió de allí no ha cesado de sentirse indispuesto a causa de la hinchazón de manos y pies, los dolores y los vómitos. ¡Dios mío, qué va a ser de mí! –Constanze, ser viuda joven no es fácil, pero tenéis que ser fuerte –recomendó el doctor Closset sin tono cauteloso, o esperanzador, o sacerdotal. –¿Viuda joven? ¿Qué procacidad es ésa? –Perdonadme que lo mencione ahora, pero es la verdad. –No, Wolfgang no puede irse. ¡Si ni siquiera ha terminado el Réquiem! –¿Ah, no? –Qué va, doctor. Estaba obsesionado con que le habían envenenando y que se iba a morir pronto, pero yo no le creía… Dielinzt, tipo adiposo y con la cara como un volcán que regentaba una taberna en esa misma florida calle, hombre ladino, sórdido ejemplo del complejo universo del yo, supo aprovechar la confusión del duelo plañidero familiar para sustraer un estuche de cuero cordado que contenía el modelo original, el único, que fabricó el lutier Johann Teobald Plohm de la famosa flauta-pipa de kif: se trataba de una talismánica, esotérica, flauta de pico tenor en dos cuerpos y aún con digitación barroca hecha en madera de caoba que servía también, mediante su cuerpo superior, como pipa de agua (este histórico instrumento anterior a las flautas de cuatro llaves que estaban ya empezando a aparecer, forjado en secreto con el objetivo de combatir sus crisis de inspiración, le fue regalado a Mozart por el propio lutier en la ceremonia de investidura del compositor como maestro masón). Al llegar sudoroso a su local, Dielinzt se dirigió directamente a un cubículo mal iluminado que él llamaba despensa, abrió en secreto el estuche y se decepcionó (tal vecino de moral dinamitera no buscaba un souvenir del genio sino un tesoro vendible, por supuesto, y carecía del conocimiento docto o intuitivo para distinguir entre ambas modalidades; más aún en lo referente a un instrumento musical impropio, polivalente y único). Ese tabernero poco agraciado físicamente al fin murió desnudo, como él siempre soñó, pero no en una noche de amor loco con cuerdas sino en el quirófano. Antes aún de que fuera enterrado, sus pocos herederos vendieron la casa de Dielinzt –con todas sus pertenencias dentro, pues ni cruzaron el umbral; tal era la repugnancia– a un diputado jacobino y cojo con aspecto de verdugo borracho llamado Franz Thinsigzbel. Pasaron los años como unos puntos suspensivos… De la singular flauta dulce o de pico de Mozart, la cual se echaba de menos entre sus pertenencias porque fue mencionada por algún familiar de la esposa del soñador de Salzburgo, no se volvió a saber. De todas formas siguieron proliferando murmuraciones acerca de que en alguna parte existía un original único de la inspiradora flauta-pipa de kif –instrumento de prestigiosa autoría diseñado por Plohm, el Stradivarius de las flautas de pico–, y esos rumores, ya que no lograban convertirse en realidad mediante la aparición de la llamada flauta mágica, se transformaron pronto en alimento para la retórica fabulación popular. Dicha fantasía rumoreada continuó siendo complemento de lo real hasta que, en Hannover –capital de la Baja Sajonia–, un hacendoso administrador testamentario de oficio buscó en vano a los legítimos herederos de una viuda prusiana con porte de elegante matrona, la cual había hecho fortuna con el textil (moría ella sin testamento ni parientes, pero al parecer podría haber sido amortajada varias veces con sus bonos del estado). El caso es que los libros, objetos de arte, recuerdos y posesiones no inmobiliarias de esa opulenta solitaria poco convencida de su levedad acabaron, debido a los gitanos cimarrones y carromateros, desperdigados por diferentes mercados ambulantes y almacenes coloniales de Alemania, Francia, España… En este punto Mr. Tatel, investigador a sueldo de la sede inglesa de la sala de subastas Christie’s, experto en la biografía de las cosas y en seguir su rastro a cambio de honorarios suculentos, perdió la pista de la flauta-pipa por la que, al parecer, fumó opiáceos inspiradores tantas veces Mozart antes de hacerla sonar. Pero el inglés seguía buscando no sólo a causa del apremio de la casa de subastas, sino también porque ese avisado detective cultural, durante la investigación, había descubierto una vieja trama de deslealtad y negociación a dos bandas que le intrigaba. Nunca Ponciano Cadórniga, anticuario-chatarrero de Violincia y buen coleccionista de diabluras, hubiera creído que podría formar parte de esta historia ni de ninguna otra si cierto sujeto con traje gris plata, sombrero bombín, guantes de cuero, gafas redondas de concha y una flor rosácea en el ojal no se hubiera plantado ante su puerta. Buenos días, caballero: me llamo Mr. Tatel y me complace decirle que he venido desde el nublado Londres para hablar con usted. ¿Tendría la amabilidad de concederme unos minutos?… ¿Tas bobo? Claro, pasa hasta la cocina que te pongo un cacho queso y un jarro, que aquí hablar, lo que se dice hablar, nos presta un kilo, le contestó Ponciano halagado –todo a pesar de que a nuestro anticuario siempre le han puesto nervioso los extranjeros–. Le invitó a un vino tan peleón que parecía de uso farmacéutico. ¡Era como si la encauzada excentricidad de su interlocutor le hubiera distraído los prejuicios! Y bueno, a ese investigador tenaz –aunque con modales de quien lo prueba todo a pequeños sorbos– le acabó asegurando Ponciano así, sin dilatar imposturas, que jamás supo que tal estuche cordado estuviera incluido en cierta biblioteca alijada no sabía dónde la cual él compró al peso y vendió por «casi nada». De hecho juró desconocer a qué manos habrá ido a parar finalmente tal estuche (yo le creo, pues Ponciano, a pesar de sus orejas de soplillo, no distinguiría una sinfonía de Mozart de un villancico para coro de laringectomizados). –¿Podría decirme si no es indiscreción quiénes son sus mejores clientes para este tipo de antigüedades, Mr. Ponciano? –Pues siempre lo fue la buena de doña Enriqueta, la maestra, que me ha comprado muchos libros y chismes con solera. Pero ahora está muy mal de lo suyo; de la cabeza o eso. Y, quitando la maestra, la que más es la «la tarapeuta». –Disculpe mi desconocimiento del argot local, pero, ¿qué es una «tarapeuta»? –Una terapeuta de tarados. –¡Por favor! ¡Bueno, supongo que debí adivinarlo! –Pero también vendo mucho a forasteros que vienen porque les trae alguien que me conoce y sabe que hilo fino. Hay que ganarse el cocido como sea, y a mí, si me pagan, no digo ni mú. –Comprendo. Pues tendré que conversar con algunos de sus clientes, si no es molestia. –¿Que te vas a quedar a marear la perdiz por aquí? Pues muy bien, hombre. Pero hay mucha maldad en este pueblo, inglés, créeme, auténtica maldad. ¡Ándate con tiento no te vayan a romper la crisma o algo por fisgar!... La demorada investigación de Mr. Tatel –inquieta poco en este enclave tan familiarizado con el impulso de admirar sin entender ese carácter suyo detallista, puntilloso y educado en extremo– ha seguido su curso, y su estancia entre nosotros se ha prolongado. Pero, como buen experto en la biografía de las cosas del pasado y en seguir su rastro, el inglés tiene mucho de solvente conocedor de la condición humana. A eso se debe que, como quien no quiere la cosa, nos haya hecho confundir las necesidades temporales con las esenciales, esto es, nos haya dado a entender que su pericioso trabajo en Violincia no obedece a un negocio sino a la investigación de un robo tan antiguo como punible. En este sentido la primera sospechosa para ese detective cultural, tras otra larga conversación con el anticuario y algunas agudas pesquisas posteriores, parece haber sido doña Enriqueta, nuestra vieja y celebrada maestra local, poseedora de una enigmática biblioteca en su casa con patio y única persona del lugar –aparte de quien escribe esto, Lauro Arrabal para servirle– que conoce París, Londres y Mondoñedo. Sin embargo, la avanzada demencia senil de doña Enriqueta, indigno declive, y esa confusa información que le está proporcionando Tulia, la determinista hija de nuestra pedagoga, han hecho que Mr. Tatel desestime interinamente dicha pista. No le va a resultar fácil –aún no sabe hasta qué punto– el desenmascaramiento del ilegal poseedor actual de la flauta mágica de Mozart. Y sí, puesto que en la austeramente irreverente Violincia todos estamos algo cansados de ser quienes somos, no hay nadie aquí que no haya tratado a su modo de ayudar al investigador o –más bien– de suplantarlo. Eso, unido al apremio por parte de la casa de subastas –todo denota que el mundo de viajes, lujosos coches y amigos de Mr. Tatel está muy lejos de aquí–, ha provocado que ese hombre de inocua sonrisa y contención rayana en lo insoportable sufra un mal reprimido cuadro de estrés y esté siguiendo terapia, según dicen algunos. Otras maledicentes versiones apuntan a que, en realidad, el investigador ahora sospecha de la señorita Silia, nuestra solicitada psicóloga local... Sí, en Violincia tenemos psicóloga propia. Le cuento.